PACIENCIA

PACIENCIA

por Walter Cuevas*

Una de mis abuelas me enseñó que en la cocina las cosas deben suceder despacio. Me decía que el arte de la paciencia nacía allí. Ella tenía ese don, el cual le había sido heredado por su madre y su abuela y de vaya a saber también que otras fuerzas ancestrales.

De niño, me quedaba horas mirando a mi abuela Lula preparar el pan para una familia de dieciséis hijos y varios entenados. En el barrio donde ella vivía, no había gas de red, todo se cocinaba en cocina a leña y la cocina a garrafa solo se utilizaba en ocasiones muy especiales.

Lula descargaba sobre la vieja mesa de madera, seis o siete kilos de una harina gruesa, oscura. Hacía una montaña y con el puño de la mano derecha, generaba un cráter donde luego recalaría la levadura fresca, una pizca de azúcar y un poco de agua tibia. Y allí lo dejaba.

Yo miraba con mi mentón apoyado sobre mis brazos que a su vez se apoyaban en uno de los extremos de la mesa. Mis piernas colgaban de la silla, y en un movimiento involuntario, generaban un vaivén hacia atrás y hacia adelante, a veces juntas, otras por separado.

  • ¿Y ahora abuela? – preguntaba yo mientras ella le daba la espalda a la montaña de harina y su cráter.
  • Ahora hay que esperar que la levadura trabaje un poco, así el pan sale luego más esponjoso.

Lula limpiaba sus manos en un repasador que colgaba de su cintura, como si fuera eterno en ese lugar, siempre ahí, impoluto y tan blanco que encandilaba.

En la cocina había una radio a pilas que se sostenía de un oxidado clavo que estaba incrustado en un mueble viejo, y mientras pasaban los minutos la programación radial nos regalaba tangos y música folklórica.

Lula hacía otras cosas del hogar y me miraba de reojo.

  • ¿Sabés cuantos panes voy a sacar de toda esa montaña? – me preguntaba
  • No Lula, pero me imagino que muchos
  • Hoy voy a hacer veinte panes, pero además, voy a dejar un poco de masa aparte para que vos la trabajes conmigo desde tu rincón.

Lula sabía que mi deseo era meter las manos en la masa que ella ya de apoco había comenzado a armar, desde adentro del cráter hacia afuera, integrando poco a poco toda la harina con porciones abundantes de agua tibia que vertía a “ojímetro”, un buen chorro de aceite de cocina, y antes de todo esto, ya había esparcido unas cuantas cucharadas soperas de sal como una fina lluvia sobre la blanca montaña.

Armaba el bollo grande, lo amasaba una, dos tres, cientos de veces y luego lo dejaba reposar. Yo esperaba con mis piernitas bamboleantes en la esquina de la mesa, deseando profundamente que ya me diera mi porción de masa.

  • Andá a ponerle un poco más de leña a la cocina. Cuidado, no te quemes con la manija, al costado tenés el fierrito para abrirla. Solo dos o tres palitos ponele.

Yo corría contento, ella sabía que me gustaba esa labor. El fuego siempre fue hipnótico para mi. Si me demoraba, sentía el grito de Lula a la distancia llamándome para que vuelva a la faena del amasado.

Llegaba a la mesa, me sentaba otra vez en la silla y esperaba.

  • Abuela ¿Cuánto tiempo esperás entre una amasada y la otra?
  • Media hora o un poquito más – decía como al pasar.

Yo sabía que ella no miraba los relojes, que ese contabilizador del tiempo estaba en su ser y me maravillaba darme cuenta que así era. También me percataba que cada tanto, levantaba el mantel con el cual tapaba la masa y escudriñaba su estado.

  • Ahora, después de esta amasada, ya te voy a dar tu parte, para que vayas conociendo y entendiendo la magia del pan – me decía con su voz tierna y sus canas prolijamente peinadas.

A mi se me dibujaba una sonrisa de oreja a oreja y no decía ni una palabra.

Ella amasaba enérgicamente, dele que te dele. La mesa tenía una pata que rechinaba con cada empujón de sus brazos. De repente, la masa comenzaba a generar gases y tiraba “peditos” que a Lula le hacían expresar una sonrisita de aprobación.

  • Ya estamos llegando casi al punto ¿escuchás esos “peditos”? esos indican que todo viene bien encaminado, que la levadura era buena y que estamos haciendo un buen trabajo.
  • ¡Pero yo no hice nada aún, abuela!
  • ¿Cómo que no? Estás esperando pacientemente tu turno y ya está cada vez más cerca, además, me ayudas a que la cocina no se enfríe. Andá, andá a meterle tres o cuatro palos más que en la próxima amasás vos. ¡Y no te quemes!

Me volvía a quedar un rato al lado de la cocina, dejaba que mis ojos perdieran el foco mirando las llamas, buscaba figuras en las formas que el fuego proponía. Casi siempre veía dragones o reptiles, a veces la cabeza de algún lobo o un león.

Afuera hacía mucho frío, agosto estaba a pleno con su propuesta invernal. El cielo plomizo y el patio de tierra húmedo de la lluvia del día anterior. Recuerdo claramente acercarme a una ventana empañada y escribir LULA con mis primeras letras inseguras y quedarme mirando por entre las letras recién hechas el paisaje del patio trasero.

  • ¡¡¡Dale que te toca!!! Gritaba mi abuela desde la cocina de adelante.

La casa tenía dos cocinas, una adelante donde se hacían las tareas habituales y otra atrás, donde estaba la cocina a leña y se cocinaban los panes u otras comidas más sustanciosas.

Yo llegaba corriendo y en la punta de la mesa que era mía, ya estaba mi porción de masa para que mis manos conozcan el secreto del amasado, el milagro del pan.

Miraba a mi abuela y copiaba sus movimientos. Ella cada tanto me daba una indicación y yo obedecía a su sugerencia. Quería que mi pan fuera tan esponjoso como el suyo.

La gran mole de masa que ella intervenía, fue fraccionada en veinte partes iguales, casi perfectas. El ojo humano no notaba diferencia alguna entre sus volúmenes y creo que una balanza hubiese, como mucho, encontrado una discrepancia de muy pocos gramos entre una porción y otra.

 

  • ¿Cómo vas con el tuyo? – me preguntó Lula con su voz de abuela maestra.
  • ¡Ya lo tengo listo abuela! – contesté con mi sonrisa y lo ojitos brillantes

 

Las veinte hogazas perfectas y mi pancito pequeño, fueron acomodados en tres asaderas distintas, para luego ser horneados en la cocina a leña. La bandeja en el cual estaba el mío, fue la primera en entrar.

Yo me quedé esperando el reloj biológico de Lula, que indicaría oportunamente, cuando era momento de sacarlos.

Y sucedió… los panes estaban al doble de su tamaño, dorados, crujientes, muy calientes y listos para reposar en una especie de rejilla que evitaba que se humedezcan mientras se enfriaban.

Mi pancito era perfecto, era mío, mis manos lo habían moldeado y mi alma lo había deseado, y ahí estaba, en esa postal inolvidable de la cocina de mi abuela.

Me emocionaba la confianza que ella había depositado en mi. Me conmovían sus charlas en donde entre amasado y amasado me explicaba que en la cocina, todo es paciencia, además de sabiduría. Me decía que hay gente que sabía mucho más que ella, que hay gente que había estudiado para hacer esto o aquello en la cocina y también me decía que algunas personas, no se detenían en el detalle de la espera entre paso y paso y que otras tantas, no depositaban el amor que ella depositaba a través de su pensamiento y sus deseos al amasar.

En la charla me decía que la vida es como amasar el pan para los que uno ama o quiere o siente un afecto profundo. Decía, mirándome con sus ojos celestes como el mar, que no hay nada más importante que esperar cuando hay que esperar, y que los procesos de las cosas a veces no van de la mano de nuestras ansiedades. También me explicaba que cuando cocinaba o amasaba, no tenía pensamientos tristes o negativos, no se los llevaba con ella a la cocina, los dejaba afuera y solo pensaba en cocinar con amor.

¿Qué tendría yo? ¿Ocho o nueve años, tal vez diez?. No importa.

La vida, luego la vida, la moderna, la veloz, la que todo arrasa con sus presurosas pretensiones, me llevó por caminos en donde no supe ni quise esperar los procesos. Puse a prueba mi impaciencia y fracasé. Volví a intentarlo pacientemente y también fracasé. Pero un día recordé las palabras de Lula, y comencé a depositar en mis acciones, esa cuota de amor por lo que elegía hacer, más esa cuota de responsabilidad por las cosas que debía hacer si o si para sobrevivir en esta vorágine existencial. Y así como al cocinar, comencé a dejar los pensamientos grises fuera de los ámbitos donde cocinaba la vida misma, recordé el consejo de Lula, sus ojos de mar y el pelo blanco que tan gustosamente portaba.

La paciencia es una construcción, y un poco ese don que no es ni más ni menos que lo que mi abuela, más allá de sus dolores y pesares, logró transmitirme cuando yo era el niño que la admiraba al verla amasar el pan para su familia mientras las piernas me colgaban de la silla y danzaban impacientes.

 

* Escritor – cantautor – músico 

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