Por Agustin Graff
La idea que me queda dando vueltas después de hacer una pasada por el cine es bastante sencilla: qué gran banda Oasis.
Es una gran banda porque tiene melancolía. Una melancolía extraña, de esas que duelen cuando uno piensa en alguien que amó y perdió, o en alguien que simplemente se fue. Hay algo en esas canciones que conmueve incluso cuando uno piensa en momentos que alguna vez ocurrieron y que tal vez no vuelvan a ocurrir jamás. Como si la música pudiera devolvernos, aunque sea durante unos minutos, a un tiempo que ya no existe.
Pero Oasis también tiene bronca. Y de ese dolor aparece el enojo, las palabras mal pronunciadas, casi inentendibles, de un cantante un poco loco y con serios problemas de temperamento. La voz que dice que hay que gritar, que hay que romper todo, que hay cosas que no se pueden explicar de otra manera. Hay una furia que no pretende ser elegante. Es una furia bastante más sencilla: cuando algo duele demasiado, a veces hay que romper algo para poder decirlo.

Y después están esos acordes que seducen. Los que invitan a mover el culo y bailar. Los que sirven para mirar a los ojos a alguien y besarla. Los que permiten decir “te amo” sin necesidad de pronunciar una sola palabra. Oasis puede pasar de la tristeza a la rabia y de la rabia al deseo en apenas unos minutos.
Creo que la pasada por el cine significó también encontrarse con un tiempo distinto. Una banda de otra época que viene hasta esta época para decirnos que quizás la nostalgia no está mal. Que está bien mirar hacia atrás, recordar, extrañar. Pero también viene a decirnos otra cosa: que algo hay que hacer con la mierda que hay dando vueltas.
Y eso ya lo habían dicho antes.
Tal vez ahí esté una de las razones por las que Oasis todavía conmueve. No porque sus canciones pertenezcan al pasado, sino porque algunas de las cosas que decían entonces siguen estando acá. Cambiaron las personas, cambiaron las tecnologías, cambiaron las formas de escuchar música, pero ciertas broncas, ciertos deseos y ciertas miserias siguen bastante intactos.

Por eso la presentación de este documental me parece un hecho de múltiples implicancias: artísticas, poéticas y también políticas.
A mí, sin embargo, esta última dimensión fue la que más me sorprendió. Nunca esperé ver a dos ingleses decir tan claramente “una mierda la derecha”. Y mucho menos hacerlo con la magnitud que tiene su voz, frente a miles de personas.
Quizás porque vivimos en una época en la que muchos artistas parecen preocuparse demasiado por cuidar lo que dicen, medir sus palabras, evitar incomodar, calcular las consecuencias de una opinión política. Oasis parece tener bastante poco interés en eso. Nunca fue una banda demasiado preocupada por pedir permiso.
Y quizás haya algo ahí para escuchar.
No se trata de convertir a Oasis en una banda política ni de inventarle una épica que no necesita. Se trata de reconocer que también hay una dimensión política en decir lo que uno piensa, en no esconder la bronca, en cantar frente a miles de personas aquello que otros prefieren callar.
Quizás esto sea un llamado de atención para muchos. O quizás, como me pasa bastante seguido, me equivoqué.
Pero mientras salía del cine pensaba que tal vez Oasis volvió para recordarnos algo bastante simple: que la nostalgia puede ser hermosa, que la bronca también puede convertirse en música y que, cuando hay demasiada mierda dando vueltas, quizás no esté tan mal gritar un poco.
