Postales Discursivas: Somos las que ponemos el cuerpo

Postales Discursivas: Somos las que ponemos el cuerpo

Por Melivea (@melivea.eldiscurso en Instagram y Tik Tok)

“Esto había dejado de pasar” dice una de mis amigas. “Estoy cansada. No quiero explicar de vuelta lo mismo” le escucho decir a miles de mujeres. “No puedo ir, agarré otro laburo”. “Me encantaría sumarme, pero no tengo con quién dejar a los pibes”. Duele en los oídos una sinfonía de espaldas rotas, de párpados con pocas horas de sueño, de ánimos golpeados, de esa marea cuya sal todavía nos arde en la piel.

El pasado lunes 9 de marzo temblaron las calles del país al ritmo del poder popular. Una ola atrevida de mujeres y disidencias caminaron el asfalto de toda la Argentina, llenándolo de melodías, gritos de rabia, abrazos tiernos, pedidos de justicia, sonrisas de admiración, balcones de historia, banderas multicolor y consignas acertadas. Paro Internacional Transfeminista fueron las palabras pintadas al calor de varias asambleas, peleando por una sola marcha que reviente el muro de oscuridad con el que pretenden encerrar al movimiento feminista. Así nos quiso condenar este gobierno de machirulos con aires de fascismo: somos enemigas. Y claro que lo somos. Somos enemigas de la opresión, de la esclavitud y de la represión.

Somos enemigas del ajuste, ese que cayó sobre nosotras en lo específico y en lo general. La motosierra pasó de una forma completamente intencional sobre la Línea 144, sobre la salud pública y sus insumos para garantizar la Interrupción Voluntaria del Embarazo, sobre la distribución de anticonceptivos, sobre la educación pública que piensa y construye la Educación Sexual Integral, sobre el Cupo Laboral Travesti-Trans, sobre los tratamientos de hormonización para las personas trans, sobre los comedores populares que mantienen calientes las ollas que revuelven las compañeras con los brazos cansados, sobre el Plan Nacional de Prevención del Embarazo no Intencional en la Adolescencia (ENIA), sobre la Ley Micaela, sobre el Ministerio de las Mujeres, Géneros y Diversidad. En un contexto en el que llevamos 40 femicidios y un travesticidio en lo que va del 2026, duele decir que estos recortes (y muchos más) son sólo en lo específico.

Pero en general, ¿el ajuste nos afecta a todos por igual? Desglosar las desigualdades que atraviesan el ajuste a los jubilados, a la industria, a los sectores de discapacidad, al empleo, sin contraponer géneros sino ampliando el debate y fortaleciendo una mirada feminista, es una tarea difícil que muchas veces elegimos conscientemente no llevar adelante. En tiempos oscuros para todo nuestro pueblo, donde el sistema capitalista y patriarcal decidió castigarnos por atrevernos a cuestionarlo todo y a unirnos para construir uno de los movimientos feministas más grandes del mundo, nos encontramos más veces de las que nos gustaría eligiendo no discutir. Sin embargo, no dejamos nunca de sostener, de garantizar, de resolver. Somos las que ponemos el cuerpo.

Hay algo que venimos diciendo desde siempre: las mujeres hacemos trabajo no pago. No sólo trabajamos en fábricas, oficinas, talleres, ferias, emprendimientos. También trabajamos en nuestras casas criando a nuestros hijos, cocinando, limpiando, pensando en qué cosas hace falta comprar, llevando sobre nosotras la carga mental de cómo resolver cada cosa que le pasa a cada persona de la casa. Las que cuentan con un compañero que tome responsabilidad sobre su parte en ese trabajo, muchas veces terminan cargando con enseñar cómo se hace determinada tarea y en algunos casos hasta corrigiéndola o recordándola. Contando con esa base de la realidad, ningún ajuste afecta en igualdad de condiciones, sobre nosotras recae con el triple del peso. 

Para centrarnos en un ejemplo concreto, elijo tomar una temática que no deja de ser urgente: la reforma laboral. La mal llamada modernización laboral entró en vigencia el 6 de marzo de este año, luego de que 135 diputados y 42 senadores votaran legalizar la esclavitud de nuestros tiempos con el mismo dedo con el que se aumentan el sueldo de a millones. En una nota para Perfil, Estela Díaz (Ministra de Mujeres y Diversidades de la Provincia de Buenos Aires) aseguraba que “la reforma laboral viene a abrir de nuevo la puerta de la discrecionalidad para la parte empleadora en un contexto que ya es grave: 20 mil empresas cerradas y 270 mil puestos de trabajo perdidos en dos años del gobierno de Milei.” Ese mismo contexto es el que contiene una brecha salarial del 27% entre trabajadoras mujeres y trabajadores varones en Argentina. Mujeres que, como dijimos, cumplen doble jornada al seguir trabajando en sus casas y hasta triple jornada si, además, cumplen tareas comunitarias en comedores, centros culturales y organizaciones sociales. 

Con un 43,2% de informalidad laboral femenina y la historia de nuestras madres y abuelas a las que sus patrones nunca les pagaron ni un aporte, debemos desmentir la máscara criminal que utiliza el gobierno de Milei para defender esta reforma: dicen que con esta nueva configuración del trabajo, el empleado y el empleador podrán negociar las condiciones de trabajo, el salario, las vacaciones y las horas de la jornada de igual a igual. ¿Hay igualdad entre los dueños de los medios de producción y de los negocios financieros y un trabajador que sólo posee su fuerza de trabajo? Y en esa relación ¿en qué lugar quedamos las mujeres? Cargamos con una doble opresión: por ser trabajadoras, y además por ser mujeres. En esas condiciones estamos mientras logran pasar un plan de esclavitud moderna. Un plan que elimina la Ley de Teletrabajo, destrozando las posibilidades de que las mujeres consigamos formas de trabajo híbrido que nos permitan sostener los cuidados a hijos, familiares enfermos y adultos mayores (tareas que históricamente recaen sobre nosotras y en las que poco hemos avanzado en dar vuelta el tablero). Un plan que le otorga todas las facilidades a los empleadores para seguir precarizando, en un país en el que el 17% de la población femenina que trabaja lo hace en casas particulares, un sector donde la informalidad es moneda corriente.

El RENACOM nos contaba en 2023 que en Argentina existen alrededor de 54 mil comedores y merenderos sostenidos por 135 mil trabajadoras comunitarias que no sólo piensan, cocinan y sirven las comidas del día para cientos de personas de cada barrio (que ya es un trabajo en sí mismo), sino que también participan activamente en la gestión de esos espacios y en el debate sobre cómo llevarlos adelante. Son actoras indispensables en la construcción política barrial. Y eso tampoco se los perdonan aquellos a los que no le tiembla el alma para tener guardadas toneladas de alimentos pudriéndose en un galpón mientras millones de pibes pasan hambre. Aquellos que se codean con los narcos mientras llenan las cárceles con esos mismos pibes. Aquellos que nos culpan porque “nos pasamos tres pueblos”, porque “nos pusimos muy violentas”, y por eso nos merecemos que nos maten y nos sometan.

Por eso nos quieren encerradas en la casa, donde dicen que pertenecemos. Oprimidas en la cocina, limpiando con los trapos de la desesperanza. Teniendo hijos obligadas, a gusto de nuestros maridos, esperando siempre la orden para existir y para ser. Detestan nuestra rebeldía. Nos odian como obreras, como piqueteras, como dirigentes, como candidatas (a menos que llevemos la bandera del odio y la represión dentro de sus filas). “Seremos las que estemos al frente, junto a todo el movimiento obrero, de una pelea que no es sólo por un ítem de convenio colectivo, sino que es por la patria” dice Carla Gaudensi, Secretaria de Género de la CGT para Tiempo Argentino. Sobre todo en eso ponemos el cuerpo: en esperanzarnos, en inventar desde la nada, en discutir incansablemente hasta la unidad, en hacer que en la mesa y en las calles entremos todes, en convertir las lágrimas en tsunami.

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