Postales Discursivas: Que mi casa sea mi mundo, no un producto al por mayor
Por Melivea (@melivea.eldiscurso en Instagram y Tik Tok)
No hay nada más íntimo que nuestra casa. Es ese espacio que grita nuestra identidad en cada silla, cada planta, cada adorno posicionado. Es nuestro territorio, y hoy nos han saqueado la bandera.
Hace ya un tiempito que empezamos a darnos cuenta de que algo anda mal. Empezamos a tener esa sensación, casi imperceptible, de que entramos a un lugar que conocemos de memoria pero se siente distinto. Comienza tranquila la desesperación de no saber en dónde está la falla. ¿Es que alguien cambió algo de lugar mientras no estuve? ¿Es el gato que hizo pis en algún lugar que me va a costar horrores encontrar y limpiar? ¿Es que entraron a robar y no saquearon todo, sino que se llevaron una única cosa que ahora me está haciendo ruido? Bueno, sí. Nos saquearon. Pero no se llevaron todo ni dejaron todo revuelto, porque así sería muy fácil para nosotros darnos cuenta de que nos robaron. La alarma se activaría inmediatamente y con una defensa voraz. En cambio, fueron muy meticulosos. Se llevaron algo que, cuando falta, nos duele mucho. Pero al mismo tiempo, nos cuesta un rato darnos cuenta de que fuimos manipulados. Se llevaron eso tan distintivo, ese genoma de sueños y pesadillas: nuestra identidad.
La identidad es un concepto fundamental en el desarrollo de la historia argentina. Fue un eje transversal desde la colonización genocida que osaron llamar descubrimiento de nuestras tierras, y se convirtió en bandera cuando corrió la sangre por la cordillera en la lucha antiimperialista latinoamericana. En la instalación del estado nación argentino, la identidad fue obligada a encajar en un molde disciplinador, en medio de corrientes migratorias y un segundo genocidio a nuestros pueblos originarios. Y ya en el siglo XX, fue disputa y rebelión. Fue organización obrera, esperanza feminista y resistencia estridente buscando fragmentar el silencio. Con la última dictadura militar que sufrió nuestro pueblo, la identidad forjó su imagen contemporánea al calor de la lucha por encontrar a los nuestros. Ese índice de abuelidad nos abrazó a todos, los que la vivieron y los que la escuchamos con horror y la sangre hirviendo, con esa rabia que sólo la ternura colectiva puede complementar.
Toda esta historia social y panorámica juega moldeando nuestras propias identidades. Cada cuadro, cada libro en la biblioteca, cada tacita en la alacena es resultado de una historia de muchos que impacta en el pensamiento y el sentir individual, sellado con la genética social del lado de la mecha en el que floreció nuestro linaje. En ese sentido, las clases populares fuimos construyendo hogares en los que cada elemento de la casa es una cicatriz: unas de alegría, otras de sufrimiento, muchas de resistencia, cientos de encuentro con otros hogares. Cada elemento late en la marca que simboliza, cada elemento es un órgano que le da aire a ese espacio que habitamos y nos abraza ante la intemperie de vivir en este sistema.
Y así crecimos en casas caóticas, cada una con su caos según la época, ciertas modas y ciertos mandatos. Casas de abuelas llenas de objetos milenarios, tradiciones y souvenirs que honraban hasta el bautismo del hijo de la tía de la vecina de la prima. Casas de madres con todos los elementos que cualquier persona podría necesitar en cualquier situación. Fotos por todos lados (incluso muchas archivadas en álbumes infinitos), cortinas maximalistas, libros llenos de contradicciones e historias, sábanas y frazadas que son refugio a través del calor y los diseños particulares. Son casas que son mundos. Un multiverso de hogares donde detrás de cada puerta vive la magia de la historia con todas sus aristas, las buenas y las malas. La calidez y la familia, pero también las actitudes de la tradición, las costumbres y los moldes del sistema. Y sí, todo eso es una casa. Por eso es nuestra, por eso es identidad.
El arrebato que vivimos viene de un momento cruel y difícil de atravesar. La identidad es cuestionada desde relatos oficiales que niegan la bandera de Memoria, Verdad y Justicia que supimos construir. Pero también nos van quitando los colores, los olores, el polvo acumulado en los rincones, los platos sucios después del encuentro, las sábanas revueltas después del disfrute. Nos bombardean con videítos en los que alguien limpia su casa de arriba a abajo, de izquierda a derecha y en toda su profundidad. Y lo hace en los 30 segundos que dura el video, por supuesto, porque el algoritmo es muy exigente. Y cuando termina de limpiar, prende un sahumerio que llena de aroma un espacio blanco, clínico, con los colores que están de moda en el cuadrito con el diseño que está de moda, sobre el sillón que venden todas las influencers, y el juego de comedor que te hace dudar: ¿En la casa de quién me estoy sentando? ¿En la casa de quién estoy viviendo?
No es una contraposición de pasado y presente, porque el sistema siempre operó en nuestra subjetividad viajando de época en época. Pero hay algo de nuestra historia que lograron infiltrar con un éxito insoportable. Necesitaba escribir esto porque me encuentro en mi propia casa sufriendo por algo que se salió de su lugar, de ese lugar que le dieron otros, no yo. Necesitaba escribirlo porque el otro día vi en YouTube una novela argentina que tiene más de quince años, y la nostalgia de ver la mesa desordenada, y alrededor de ella la ronda del mate en todo su esplendor, me golpeó con la fuerza de un rayo. Para que algo esté desordenado tiene que haber un orden que sea la regla. ¿Quién de nosotros tuvo el privilegio de decidir el orden que nos persigue con un látigo en nuestras propias casas? Nuestras casas, que sostenemos con el cansancio de nuestros cuerpos y los malestares de nuestra mente, hoy existen bajo el régimen del libre mercado más berreta y vacío del que se tenga registro.
En tiempos donde todas las casas salen de la misma fábrica, ¿qué tan bienvenida es la identidad? En tiempos donde hay un nombre para cada estilo de decoración, vestimenta, personalidad, existencia, y ese nombre trae consigo un molde rígidamente cruel, ¿qué espacio hay para las realidades de las mayorías que viven de verdad? Esa sensación que nos atrapó al principio, de sentir que algo está mal, aunque no podamos descubrir bien qué es, es la exigencia de que nuestros hogares sean fotografiables para el universo digital de la igualdad rectificada, reclutables para el ejército de lo aesthetic. Cualquier suciedad es un pecado, cualquier desorden es un problema insoportable. Cualquier registro de que ahí hubo vida es un delito imperdonable.
Sí, Argentina es identidad en disputa. Cargamos con historia ancestral, cultura popular y heridas de látigo disciplinador. Somos 70% mate y en nuestros pisos se acuesta más de una vez la yerba mojada con el yuyo sanador. Somos siesta imperfecta, ronquido de agotamiento y ojeras de soñar despiertos. Somos muebles de abuelos, agrietados como la piel de aquellos que nos regalaron la vida. Somos fotos de cumpleaños, torta de dulce de leche y duraznos con crema. Somos esquinas con telarañas y alacenas enquilombadas que nuestra jornada laboral nunca nos deja abordar. Somos reposera en la vereda, somos la puerta que nunca se cierra del todo por la madera hinchada, y nos acerca la hermosa metáfora de que ahí sigue un camino abierto. Somos lo que no entra en el molde, somos pueblada y Argentinazo. Y sí, somos la fuerza mayoritaria que se anima a disputar esa identidad, porque sabemos que, si cada pedazo de tierra es nuestro, también es nuestro el mundo que se despliega en nuestras casas.