NO ERA UNA INOCENTE RECETA DE PAN

Por Azul Dragone

Lo que inició como inocentes videos de TikTok de una “cultura” aesthetic, liviana, color pastel, con pies que flotan como los de Barbie, vestidos perfectamente entallados y planchados, floreados y con puntillita, peinados simples y maquillajes “naturales”; terminó siendo un arma en la batalla cultural que presentan los movimientos conservadores del mundo.

Hace algunos años los reels o videos cortos de no más de 1 minuto se impusieron en las redes sociales frente a las fotos cuidadas o trash. La cultura digital no es ajena a la vida física y muestran la bajada de línea que, con efectos y transiciones, los reales dueños del mundo quieren hacer llegar a sus usuarios y usuarias. Con la avanzada mundial de los movimientos de mujeres y diversidades, las grandes conquistas de derechos y la búsqueda real de oportunidades de gobiernos progresistas, las redes mostraban mujeres poderosas, trajeadas, rompiendo estereotipos, autónomas, conscientes de sus posibilidades, que buscaban en el mundo hetero un compañero y no un macho proveedor; mostraban cuerpos, identidades, sexualidades libres y diversas. Pero durante la pandemia y con la romantización del hogar, a cuentagotas aparecían mujeres “caseras”, amables, que hablan despacito como niñas, hacen pan casero para su amor y cosen libros que podrían comprar on line.

La historia es cíclica, las placas tectónicas del poder siempre están tronando. A ningún movimiento político puede dárselo por muerto sólo por algunas derrotas en la batalla cultural. Susan Faludi, periodista y escritora estadounidense, en 1991 analizó el efecto “Backlash” advirtiendo que, toda avanzada de derechos por parte de los grupos sociales no hegemónicos, generan una ofensiva mucho más fuerte por parte de los grupos conservadores, patriarcales y de derecha. Ella manifiesta en su libro “Backlash: la reacción ultra contra el avance del feminismo”, que estos sectores dominantes construyen relatos mediáticos, jurídicos y políticos que posicionan a las mujeres en sus hogares, caracterizándolas sumisas y complacientes; y,  en contraposición, sostienen que la igualdad es la culpable de los males sociales como la baja de natalidad, la destrucción de las familias, de los valores y, en consecuencia, el fin de la humanidad (¿les suena?).

Sin darnos mucha cuenta, fingiendo demencia o creyendo que el “Cuento de la Criada” era sólo una distopía que reunía en pantalla todas las pesadillas de una mujer del SXXI, la derecha ultraconservadora avanzó, ganando elecciones con discursos que ya no escondían nada: la guerra es hacia todo lo que huela a “derechos para la otredad”.

Y así, aparecen en escena las Serena Joy de la vida -vean el Cuento de la Criada-. Y esas jóvenes aesthetic mientras recolectaban huevos en sus granjas rodeadas de sus 6 hijos e hijas comenzaron a expresar más que la receta de un buen pan casero. Y las mujeres de traje y empoderadas se pusieron en pareja con incels que silencian sus opiniones. Y de la manosfera surgieron machos “beta” con anabólicos, rolex, guita fácil y sed de venganza a las feministas que no se someten. Y proliferaron los discursos de odio hacia las diversidades. Y las mujeres empezamos a ser responsables de la debacle social. Y de repente pasamos del “se embarazan para cobrar un plan” a “abortan para destruir la economía mundial y matar ciudadanos de bien”. Y de repente nos encontraron desarmadas. Y así, lo de Margaret Atwood no era una simple novela distópica, ni las mujeres de Afganistan vivieron algo tan “imposible” para el mundo occidental -búsquenlo-.

Entre las mayores influencers del backlash conservador se encuentra Erika Kirk, esposa del trampista ultraconservador Charlie Kirk que fue asesinado por su propia ley (un balazo por alguien que portaba armas en el país de la libertad). Erika no es solo una viuda compungida, es la representación de las tradwife que alientan a que las mujeres declinen su derecho al voto. Sin un ápice de reconocimiento de que puede hacer un acto de 2000 personas gracias a las miles de mujeres que fueron asesinadas exigiendo sus derechos civiles y políticos. Las grandes contradicciones que encuentran estas mujeres, ¿no? Como Serena.

En Argentina vemos las jugarretas que Faludi expuso en los ’90: cuestionamiento de la figura de femicidio, el impulso legislativo sobre las “falsas denuncias de violencia de género y abuso sexual infantil” sin sustento, el desfinanciamiento de las políticas públcas sobre salud sexual y reproductiva, los discursos de odio emanados por el presidente sobre las personas LGBTIQ+, la persecución a les docentes que cumplen la Ley de ESI, el avance de los movimientos de varones enojados y el “síndrome de alienación parental” sin base científica, la revictimización y justificación de la violencia, el corrimiento absoluto del Estado para con las familias monomarentales más vulnerables, la exigencia a las mujeres de parir por parte de personas que no lo hicieron, la demonización de los movimientos feministas y transfeministas, entre otras acciones de una larga lista del mal.

Esta extensa nota no tiene como fin una conclusión esperanzadora sino una advertencia a quien la lee. Nada de lo que pasa en redes es inocente, son herramientas que moldean la sociedad. El poder real ya no disfraza sus proyectos ni es políticamente correcto. El backlash de esta época viene con fuerza, cala hondo, se ramifica y constituye en la “fe”, contiene y reproduce el odio. No hay que dar por sentado que los derechos conquistados serán para siempre ni que toda la sociedad se apropió de ellos para defenderlos. Tampoco que el respeto de la democracia y sus instituciones son ineludibles. Las leyes nacionales e internacionales tienen fuerza mientras la sociedad crea en ellas como ordenadoras, al igual que el valor del dinero. No importa cuán descabellado nos parezca y delirante sea el monigote de turno. Ganar una batalla no significa ganar la guerra y, aunque no querrámos admitirlo, ellos ya nos la declararon usando nuestras propias “armas”.

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