La muerte de Maquiavelo y el ocaso del Estado-Nación

La muerte de Maquiavelo y el ocaso del Estado-Nación

Por Agustín Graff

El Estado-Nación moderno fue la gran invención política de Occidente. Nació entre guerras, revoluciones y tratados, y se consolidó en el siglo XIX como el marco de legitimidad y poder. Soberanía territorial, burocracia organizada, instituciones representativas, partidos que decían hablar en nombre del pueblo: todo eso era el kit básico de la modernidad política. Durante dos siglos fue el escenario donde se jugaba todo: desde la guerra hasta la educación pública, desde la fiscalidad hasta la representación.

Hoy, sin embargo, ese dinosaurio parece estar en un museo. La Globalización, organismos supranacionales y corporaciones que mueven más dinero que países enteros, lo dejaron chico. El Estado todavía existe, claro: cobra impuestos, organiza elecciones, mantiene la ficción de que somos ciudadanos y no súbditos. Pero está como ese tío en la fiesta familiar: sentado en la mesa, contando historias de cuando era joven, y todos lo escuchan por respeto… aunque nadie lo toma en serio. La paradoja es que, aunque debilitado, sigue siendo el único que puede sostener la ficción de la democracia representativa. Sin Estado, ¿quién asegura que tu voto valga algo más que un “like” en Facebook? Como señala María de los Ángeles Yannuzzi, el Estado-Nación no desaparece, sino que se reconvierte: “pierde centralidad en la economía global, pero sigue siendo el espacio donde se tramitan derechos y conflictos sociales” (Yannuzzi, 2021).

Cuando Javier Milei dijo en Davos que “Maquiavelo ha muerto”, no estaba anunciando un hallazgo arqueológico en Florencia, sino decretando el fin del realismo político clásico: esa idea de que el poder estatal es autónomo, brutal, y se ejerce con astucia y cálculo. El sarcasmo se impone: si Maquiavelo murió, entonces Netflix debería sacar la serie Los príncipes del algoritmo, protagonizada por Zuckerberg y Bezos. Porque hoy el poder no está en los palacios ni en los ministerios, sino en las plataformas digitales. El fantasma de Maquiavelo sigue ahí, pero disfrazado de algoritmo. El príncipe moderno no necesita ejércitos ni burocracias: necesita servidores, datos y usuarios enganchados al scroll infinito. Y eso, guste o no, es poder puro. Milei usa la metáfora para legitimar su visión de un capitalismo sin Estado, pero la pregunta es si realmente estamos ante una muerte o simplemente ante una mutación. Como recuerda el politólogo Pierre Rosanvallon, “la crisis de la representación no implica el fin de la política, sino su desplazamiento hacia nuevas formas de legitimidad” (La légitimité démocratique, 2008).

Yanis Varoufakis lo dijo sin vueltas: lo que tenemos hoy no es capitalismo clásico, es tecnofeudalismo. Las grandes plataformas digitales funcionan como señoríos medievales. Amazon decide quién entra al mercado y quién queda afuera. Google controla el acceso a la información como si fuera un portero de discoteca. Meta administra las relaciones sociales como si fueran tierras de cultivo. La diferencia con el feudalismo medieval es que ahora no pagamos diezmo en trigo, sino en datos. Cada clic, cada scroll, cada “me gusta” es un tributo que entregamos al señor feudal digital. Y lo más perverso es que ni siquiera lo sentimos como impuesto: creemos que es gratis.

En vez de caballeros con armaduras, tenemos influencers con filtros. En vez de castillos, servidores en Silicon Valley. Y en vez de campesinos, usuarios felices de entregar su tiempo y atención. Este sistema no es mercado libre, es extracción de rentas. No compiten, monopolizan. No innovan para todos, innovan para mantenernos enganchados. Varoufakis lo explica con claridad: “Las plataformas no son mercados, son feudos. No buscan beneficios, buscan rentas. Y esas rentas provienen de la captura de datos y de la dependencia de los usuarios” (Technofeudalismo: El sucesor del Capitalismo, 2023).

Y si esto parece un diagnóstico europeo, basta mirar América Latina para ver que el feudo digital ya está instalado. En Chile, el estallido social de 2019 mostró cómo las redes podían reemplazar a los partidos como espacio de organización política: el Estado quedó desbordado, mientras los algoritmos decidían qué imágenes y consignas circulaban. En Brasil, Bolsonaro construyó parte de su poder con WhatsApp y Facebook, demostrando que la representación política puede mutar hacia plataformas privadas que operan como “ministerios de la opinión pública”. En Argentina, Milei mismo es un caso de cómo un discurso libertario puede viralizarse en redes antes de consolidarse en instituciones. Su frase sobre la “muerte de Maquiavelo” no es solo retórica: es también un guiño a un público que ya consume política como contenido digital. Y en México, el poder de las plataformas se ve en la capacidad de moldear narrativas sobre seguridad y violencia, muchas veces más influyentes que los comunicados oficiales del Estado.

El problema no es que el Estado-Nación haya muerto, sino que está siendo desplazado hacia un rol secundario. Sigue siendo el que firma los certificados de nacimiento y defunción, el que organiza elecciones y el que recauda impuestos, pero ya no es el que define las reglas del juego global. Los parlamentos discuten leyes mientras las plataformas deciden qué vemos, qué pensamos y hasta cómo nos relacionamos. La democracia representativa se convierte en un teatro donde los actores repiten guiones viejos, mientras el público ya está mirando otra pantalla. La pregunta incómoda es si queremos que el futuro lo escriban los parlamentos o los algoritmos, y si estamos dispuestos a aceptar que la política se convierta en un accesorio del mercado digital. Como advierte Saskia Sassen, “la globalización no elimina al Estado, lo reconfigura en función de los intereses del capital transnacional” (Territory, Authority, Rights, 2006).

Si Maquiavelo murió, entonces el entierro lo están organizando Google y Amazon, con Spotify poniendo la música y TikTok transmitiendo en vivo. El Estado-Nación, mientras tanto, sigue respirando con respirador artificial, pero ojo: todavía no firmamos el certificado de defunción. Quizás no estemos ante la muerte definitiva, sino ante una metamorfosis. Y como toda metamorfosis, puede ser monstruosa o liberadora. La decisión no está en manos de los príncipes ni de los algoritmos: está en nosotros, en si aceptamos ser campesinos digitales o ciudadanos de verdad.

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