EL ENCUENTRO, TRINCHERA MÍSTICA DE ESPERANZA

Por Azul Dragone

¿Qué es eso que sucede en el Encuentro que a ninguna nos pasa desapercibido? ¿cómo hacemos para debatir ante tan disimiles doctrinas, ideologías y filosofías de vida? ¿qué sucede en esos círculos virtuosos? ¿cuáles son las coincidencias y experiencias que atraviesan las palabras? ¿qué nos diferencia de otras formas de encontrarse?

Hay muchas preguntas que hacerse, ninguna tiene una sola respuesta porque justamente de la pluralidad se nutre este encuentro. Podemos aproximarnos a algunas si analizamos desde la perspectiva de lo místico quizás. Hay algo que sucede en el cuerpo, a cada una – cada une, que vive esta experiencia. Yo no me considero una persona muy espiritual; pero esa sensación corporal es inevitable e inexplicablemente placentera.

En varias ocasiones pensé en no ir. La situación económica nos apremia a todes, ahogades en una laguna de deudas, cuentas y malestares. El aire pesa, la lluvia cae y el ánimo está en el subsuelo. La automatización del cuerpo y la cabeza permite simplemente subsistir, o al menos intentarlo. Así, muchas y muches tuvimos pensamientos intrusivos de desistir, ponernos el pijama y, en el mejor de los casos y las posibilidades, tirarnos en el sillón a ver series, películas o reels para evadir esta horrorosa realidad.

Sin embargo, quienes hemos participado en encuentros anteriores sabemos que hay algo que nos tira a seguir, a participar, a pertenecer. Como si fuera un lugar de resguardo, como si la Abya Yala / la Pacha / el universo, te convocara a un abrazo sanador, a una risa colectiva, a un despertar de optimismo y transformación. Y así, con las preocupaciones a cuestas y contando el mango, te subis al transporte que podés y vas rumbo a un destino que, por esos 3 días, sólo estará habitado por mujeres, lesbianas, travestis, trans y no binaries. Una fiesta violeta. Una ciudad solo nuestra.

“Córdoba se plagó de hijas e hijes del Cordobazo” dijeron. Córdoba fue y es historia. Cientos de mujeres y diversidades pisamos sus calles, recorrimos sus veredas, disfrutamos de su vida y recibimos su hospitalidad. El ritmo lo llevan las y les organizadorxs, y una se entrega a esa marea que te rescata de esos momentos oscuros. Te reacomoda las ideas para avanzar. En tiempos horrorosos una fácilmente sucumbe ante el cuarteto, el fernet y la tonadita, invitándote a levantarte y bailar, a vivir. La mística encuentrera se “metamorfea” según cada lugar.

Las discusiones son arduas, los consensos a veces no llegan, los debates son más sobre el cómo que sobre el qué, algunas veces se cuelan palabras ingratas, probablemente también el patriarcado. Hay preguntas, hay respuestas, hay principios, hay objetivos, hay resistencias, hay deficiencias y hay conflicto. Está plagado de ideas, de risas, de llantos, de abrazos, de contención y de escucha – sobre todo de escucha-. Existen espacios de asamblea, de circularidad, de cultura, de compra y venta y de amigas.

El encuentro es organización dentro del bullicio, es cuidado dentro del caos, es reparación, comunidad y compañerismo. Las que participamos no le tenemos miedo al debate, ni huimos por vergüenza, ni le escapamos a la disputa de poder, porque nadie le saca el cuerpo a la política. Pero sí hay dos o tres cosas que tenemos claras: Milei nos odia y no puede seguir presidiendo el país y arrasando con nuestros derechos; los derechos NO se negocian, se defienden; no nos vamos a hacer cargo de la derrota que los machitos nos quieren endilgar con la frase “se pasaron 3 pueblos”; y los feminismos y transfeminismos debemos ser parte de la construcción de un país -y una Latinoamérica y un mundo- justo y soberano.

Entonces se produce la magia. Esa sonoridad increíble que retumba en las calles, las plazas y los edificios. Un terremoto sacude nuestros cuerpos, moviliza las células, regenera la piel adolorida, abraza el dolor y nos conmueve, acunándonos en una inmensa marcha donde una se da cuenta que todo, absolutamente todo, valió la pena. No pasa en cualquier encuentro, pasa en estos. Será porque por esos días una no está en estado de alerta sino en un permanente placer y algarabía, no hay nadie de quién defenderse, no hay peligro porque estamos juntas/juntes. Será porque no tenemos que estar demostrando que podemos, que sabemos, que existimos; sino que vivir ya es suficiente para ser valoradas. Será que nadie busca imponer su verdad compitiendo con palabras pomposas o frases hechas; sino que los pareceres fluyen, las experiencias copan la parada y se construyen miles de posibilidades de ser, pertenecer y transformar. Será que nadie juzga por género, que las ideas priman y la sabiduría se comparte.

Insisto, yo no soy espiritual; pero ¡que penetrante es la mística encuentrera! Hace renacer algo parecido a la esperanza. En estos tiempos de malaria qué necesario se hace ser parte de algo más grande, cuan potente es la energía colectiva, que transformador es el sueño de muches, que sanador se siente el cuidado de otres, que imperceptible es el miedo cuando otres acompañan, que insignificante es el odio cuando otres aman así. Porque los encuentros no se construyen con significados objetivos y fríos, ni encuestas vacías de humanidad; se levantan al calor de las vivencias, placeres y deseos de un colectivo imparable, profundamente democrático y horizontal.

No tendremos todas las respuestas ni nos aunaremos en una sola causa; pero definitivamente nos seguiremos encontrando 40 años más para recobrar la esperanza, generar deseo, disfrutar de lo logrado, rechazar lo impuesto, abrazar las diferencias y seguir luchando hasta que todo sea como lo soñamos.

Nos vemos en CABA en 2027.

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