Por Agustin Graff
El día anterior habíamos decidido, empujados por las ganas de conocer un lugar nuevo, emprender el viaje de unos 60 kilómetros desde la capital sanjuanina hasta Vallecito —los diminutivos sanjuaninos son bellísimos— para encontrarnos con el santuario popular de Deolinda Correa de Bustos, la Difunta Correa.

Los locales, compañeros de La Mecha, nos habían insistido en que levantarse temprano era una parte fundamental de lo que implicaba el recorrido. Entre los despertares apurados de la mañana fuimos descubriendo que el día estaba gris, muy frío y lluvioso. El desafío de cumplir con la visita empezaba a aumentar su dificultad. Nadie imaginaba todavía lo que nos esperaba en el camino.
Reunidos todos —un grupo de sátrapas comunicadores llegados desde distintas latitudes de esta patria—, entre mates y raspaditas, salimos rumbo al encuentro con la Difunta.
Una de las primeras conversaciones fue, justamente, sobre otros lugares espirituales que habíamos conocido. Cada uno fue contando qué había encontrado en esos espacios, qué le había pasado, qué recuerdos conservaba. Era una manera de abrirle paso a las expectativas de lo nuevo, a ese encuentro con lo santo o, quizás, con algo más difícil de nombrar: lo popular, lo pagano, lo místico.

En medio del camino hicimos una parada para comprar unas semitas. La lluvia empezaba a crecer y el frío a cortar. Algo que quienes vivimos en el sur sabemos que puede ocurrir cuando el frío y la lluvia se encuentran es la nieve.
—Niño, no. ¿Nieve? Lo de nunca aquí —decían los locales.
Unos kilómetros después, la nieve empezó a caer. Y cayó con fuerza.
La llegada al parador de la Difunta terminó de convertir el viaje en algo distinto. La nieve, el frío, el paisaje y el silencio daban al lugar un marco difícil de explicar. Habíamos salido de San Juan buscando conocer un santuario y, de pronto, parecía que el camino también había decidido construir su propia ceremonia.
Bajamos de los autos y comenzamos el ascenso hacia el santuario, ubicado en la cima del pequeño cerro. A nuestro alrededor aparecían cintas, patentes, cascos, fotografías, placas, pulseras y un sinfín de objetos dejados allí por quienes habían pasado antes que nosotros.
Todos parecían tener una palabra en común: gracias.

Y entonces apareció algo que quizás sea una de las cosas más profundamente humanas de aquel lugar. Allí se agradece, pero también se pide. Se busca una ayuda, una salida, una respuesta. Se pide por un deseo, por un viaje, por un trabajo, por una familia. Se pide por aquello que no se puede resolver solamente con voluntad.
Entre todas esas ofrendas, entre los objetos y las promesas, aparecía una colección interminable de historias que no podíamos conocer. Cada cinta, cada fotografía, cada patente tenía detrás una persona, una familia, una esperanza. Cada “gracias” era la huella de alguien que había llegado hasta allí después de haber pedido algo.

Y nosotros, ese grupo de comunicadores que venía de un camino largo y terrenal empezó a mirar todo aquello con otra atención. Quizás porque conocíamos, cada uno a su manera, lo que significa transitar caminos buscando respuestas. Quizás porque, aunque nuestras herramientas sean otras, también nosotros vivimos de preguntas, de búsquedas y de la necesidad de encontrar algún sentido.
La nieve seguía cayendo.
Todos estábamos concentrados en no ser irrespetuosos, en caminar con cuidado, en mirar y escuchar antes que intervenir. Queríamos llevarnos un recuerdo de aquel lugar, pero también la sensación de haber estado allí de verdad.
Y como si todavía faltara una última imagen para completar la escena, apareció un hombre subiendo las escaleras del santuario. Lo hacía lentamente, de principio a fin, de rodillas.
Nadie dijo demasiado.
Dimos un par de vueltas más para comprar algún que otro recuerdo, regalo para alguien y eso fue todo. Emprendimos nuestro retorno a la capital y como si algo de todo esto hubiese sido pensado, dejo de nevar.
Nos fuimos y nos quedó la imagen de la nieve, el santuario y es eso de no saber si era algo extraordinario.
Regresamos a lugar donde dejamos nuestras valijas y pedimos un Uber para dirigirnos a la terminal a tomar el colectivo. El chofer, un sanjuanino divino nos dijo «¿nevó aia riva donde la Difunta? Que sharo, nunca nieva aca» y la termino con «que extraordinario lo vivieron eh»
Así llega el fin de este viaje de encuentro.
Lo extraordinario.