Por Gimena Gonzalez Eastoe
La noticia de la partida del Indio llegó al grupo “Birra y Perón”. Lloré desconsoladamente justo cuando tenía que entrar a terapia. Y aunque pude calmarme, todavía sentía que me quedaba un mar de lágrimas adentro.
Ese día viajaba a BsAs a un encuentro de comunicación. Busque una foto y una canción (Mi genio amor) y la publiqué. Eso trajo más mensajes, más abrazos virtuales, mucha necesidad de encuentro.
Dos días después estaba en Avellaneda. El Dios de los Rotos dijo una piba en la tele y eso vivimos allí. Fuimos millones los que hicimos una procesión dolorosa por quién supo interpretar en sus letras y melodías las pasiones y miserias de lo que somos.

El dolor más puro es el de haber sido tan feliz… Una misa, no sé si la última. Una despedida, tampoco sé si es la última. En momentos tan horribles como los que vivimos, donde se sigue fomentando el individualismo, mezclarse entre las multitudes y construir nuevas familias es lo que necesitamos para sobrevivir.
En Retiro le pregunté a una pareja si podía viajar con ellos. Me dijeron que sí sin pensarlo demasiado. Subte, Constitución, tren. A esa altura todos iban para el mismo lado. Bajamos en Sarandí y caminamos hasta la fila.
Eran las diez y media de la mañana. La fila ya tenía unas veinticinco cuadras. Lo sé porque seguía la numeración. En algún momento nos dimos cuenta de que habíamos avanzado a razón de una cuadra por hora.
Estuve allí diez horas. Diez horas esperando entrar. Diez horas compartiendo mates, historias y recuerdos con personas que no conocía. Llevé mensajes de aquellos que se fueron enterando de que estaba ahí: una frase, un saludo, un agradecimiento. Me preguntaron si había ido sola y me reí porque sí, fui sola, pero nunca me sentí sola.
Mientras hacia la fila conocí a Vero que fue con su hija (Oriana), un amigo de su hija y su sobrino (Nahuel). Me convidaron un mate y charlamos un poco. Al medio día se fueron a comprar unos panes y fiambre, y me habían contado para almorzar. Lo digo porque la patria ricotera es esa, la que comparte todo, casi siempre lo poco que tiene.

Después hicimos una vaquita y compramos birras. No queríamos tomar mucho para evitar tener que buscar baño. Había que resistir la espera. Hablamos de los recitales a los que habíamos ido. Yo, por ejemplo, estuve en Mendoza, mi primera vez; y en Olavarría, la última del Indio arriba del escenario.
La fila sobre Mitre era cada vez más larga. Enfrente, un tipo salió en cuero, puso un parlante en el balcón y así musicalizó la procesión. Después de las primeras horas, los pibes que estaban adelante también se sumaron, éramos una familia ensamblada. El chico de gorrito de lana y flores (Guido) llevaba un ramo de margaritas y sonreía. Atrás nuestro, otra familia que, después de un rato me pidió una foto, porque yo andaba con la cámara. Y así estuvimos 10hs.

Cantamos. Saltamos. Nos quejamos cuando empezaron a colarse por otra calle. Nos dolían los pies. Nos dolía el alma. A veces hablábamos sin parar. A veces pasaban largos minutos de silencio.
Es verdad que no es la primera vez que caminamos mucho para ver al Indio, o que viajamos desde lejos. Pero la previa era distinta. Cantamos la marcha peronista un par de veces, puteamos a este gobierno del infierno un par más. No sé cuántas veces dije «esto es una locura». Por mensajes, mientras tuve señal, me decían que la fila había llegado a Capital pero yo soy de Neuquén, no sabía lo que eso significaba. Estando ahí no tenés dimensión de la inmensidad, sos una más, no sabes lo que la mayoría está viendo por las imágenes de drones que salen en la televisión. Pero la marea de gente era incesante.
Había banderas, flores, pilusos, velas, remeras gastadas por décadas de recitales. Había mate, vino, choris y hamburguesas. Había parlantes que repetían una y otra vez las mismas canciones.
Y había algo más difícil de explicar.
Cada tanto una ola recorría la fila. Alguien empezaba a cantar. Otro se quebraba. Un desconocido abrazaba a otro desconocido. Y durante unos minutos todos entendíamos exactamente lo que estaba sintiendo el de al lado.
Por eso cuando una piba dijo en televisión que el Indio era el Dios de los rotos entendí perfectamente de qué hablaba. Los rotos estábamos todos ahí.

Los que extrañan a alguien. Los que cargan pérdidas. Los que no terminan de encajar. Los que siguen creyendo que vale la pena emocionarse por algo. Los que todavía buscan una tribu en un tiempo que insiste en convertirnos en individuos aislados.
Sin lugar a dudas esta misa fue un gran remedio para un gran mal. Porque somos muchos les que sentimos desolación por el tiempo que vivimos, por el gobierno apátrida y ahí nos sentimos unidos. Hubo cuidados colectivos, hubo amor, hubo pasión, ¿y sabes qué no hubo? Teatro anti disturbio.
Por eso esta despedida fue mucho más que una despedida. Fue una demostración de que todavía existen formas de comunidad que no pasan por el mercado, el algoritmo o la competencia permanente.
Esta despedida fue tan profundamente política como cada una de las letras del Indio porque el tipo enseñó a pensar, a amar, a sintetizar en estrofas que ya son tatuajes, algunas verdades incómodas de esta vida. No hay que darle mucha bola a la derecha y los gorilas porque no saben lo que es amar, no tienen idea de pasiones, no pueden sonreír con la felicidad ajena ni pueden conmoverse con el dolor popular. Casi siento pena por ellos, pero no, sólo me dan asco.

Los días después del Indio
En la desconcentración me di cuenta de que no habíamos intercambiado contactos con la familia ensamblada. Pero uno de ellos me había comenzado a seguir en redes y pude así compartirles sus fotos.
Anoche me llegó un mensaje por Instagram, era Abril de la Provincia de Buenos Aires, me decía que una amiga le había mostrado una foto tomé el domingo a la tarde y me pidió si podía compartírsela. Me contó lo importante que era para ella.
Hoy lleve a clases una propuesta pedagógica: llevé al aula la tapa de Oktubre. Estamos trabajando la Revolución Rusa en una escuela secundaria en contexto de privación de la libertad. Analizamos la imagen, los colores, las cadenas rotas y las referencias a los afiches soviéticos.
Entonces dos estudiantes se acercaron a hablarme de Los Redondos.
Uno recordó una remera que conserva desde hace más de treinta años. El otro recordó a un hermano ya fallecido, con quien escuchó esas canciones por primera vez y me decía que se había emocionado.
Y entendí que la despedida todavía no había terminado.
Porque el Indio sigue apareciendo en una fila bajo la lluvia en Avellaneda. En una foto compartida por Instagram. En una remera gastada. En el recuerdo de un hermano. En una clase en la escuela. En la voz quebrada de alguien que intenta explicar por qué una canción le cambió la vida.
Quizás por eso todavía tengo al Indio atravesado en la garganta.
Y quizás por eso tampoco puedo despedirme del todo.