RESPUESTA DE UN HARTAZGO DOLOROSO, PREGUNTAS QUE NO SE QUIEREN HACEN

Por Azul Dragone

¡Spoiler alert! Nada de lo que digo implica algo que no se sepa.

Se siente en el cuerpo, una vibración constante, los sentidos en alerta siempre: escuchar atenta  los distintos pasos de transeúntes, ¿está más cerca?, ¿frenó?, ¿está acelerando?; contorsionar el cuerpo para que el contacto no erice la piel de asco; hacer contacto visual ante el temor, la angustia o el hartazgo con la primera que ves, porque sí, ella, ella sabe; el olfato atento ante el perfume rancio y penetrante de aquel que no respeta la distancia que el cuerpo, la mirada, la expresión que de manera inconfundible manifiesta rechazo; y probar solo rozando los labios ante ese viajero de dudosa procedencia, no por amargor ni por calidad, sino por temor a besar y despertar sin consciencia, sin espacio, sin tiempo, sin alma, sin vida.

No. Nada de esto es ajeno a quienes, desde que aprendemos a dar los primeros pasos, tenemos clases de supervivencia y estrategia dictadas por nuestras ascendientes mujeres: “tácticas para sobrevivir en este mundo hostil sin perder la femineidad”. Caminar, para cualquier ser, podría simplemente significar un acto físico de desplazamiento, un acto de libertad y exploración; para otras es un acto absolutamente premeditado, de construcción milimétrica, conocimiento del terreno e hipótesis variopintas ante cada posible obstáculo que se pueda presente, y una sola meta: llegar al objetivo, llegar al lugar, llegar viva. Puede que parezca una exageración, es probable que eso quiera generar en quien lee estos párrafos. Sin embargo, lamento decir que no lo es, existe, nos pasa desde niñas y es temido por quienes nos procrean cuando se enteran del bendito sexo rosa en la ecografía.

Han pasado algunos días del NI UNA MENOS y estas experiencias, propias y ajenas, me han dado vueltas en la cabeza. Nada de lo que ha pasado me sorprende porque el horror se hizo costumbre, supongo que a ustedes tampoco; pero me gustaría compartir con ustedes algunas sensaciones incómodas (o no) que me atravesaron este onceavo aniversario del #3J.

Los Femicidios de Agostina y Dulce… y todas las que no conocemos

Agostina y Dulce fueron dos adolescentes a quienes varones, en uso absoluto de su privilegio y poderío patriarcal, abusaron, torturaron, asesinaron y descartaron como cualquier objeto desechable sin humanidad. El de Agostina también descuartizó su cuerpo. Así, crudo, porque la violencia machista no se puede decorar con palabras bonitas, elegantes o técnicas: USAN NUESTROS CUERPOS Y, UNA VEZ SATISFECHAS SUS NECESIDADES, NOS DESECHAN COMO BASURA.

El femicida de Agostina se llama Claudio Barrelier, el de Dulce Mario Alberto (desconocemos el apellido). Ambos tenían vinculo cercano con las familias, conocían a sus víctimas, ambos chabones comunes, varones, ambos abusadores, ambos asesinos.

Los femicidios son comportamientos o actos que no pueden ser analizados como simples hechos de inseguridad que se resuelven con más policías en la calle y luces led en las veredas. Los femicidios no son hechos que pueden imputárseles a las familias por falta de presencia, por disfuncionalidad, ni irresponsabilidad parental -menos en la era del pluriempleo-. Los femicidios no son hechos aislados y extraordinarios, ni se suscitan solo en ámbitos vulnerables y en contexto de consumo; ni se resuelven con castidad y buen comportamiento -the tradwife show-. Los femicidios son la máxima expresión del poder masculino tradicional en la estructura social y cultural de nuestra sociedad, que avala el ejercicio de poder de lo masculino por sobre lo femenino. En criollo: la sociedad en la que vivimos se construyó sobre la creencia de que las mujeres somos inferiores a los varones y que ellos PUEDEN HACER CON NOSOTRAS LO QUE LES DE LA GANA. En consecuencia, cuando la balanza de poder osa intentar equilibrarse, el castigo sobre nuestros cuerpos es ejemplificador.

Y no, aunque parezca grotesco, monstruoso, inimaginable e intolerable, no son conductas provocadas por desórdenes de ideas o patitos desenfilados. Son conductas posibles para ciertas personas que, pueden o no, decidir llevarlas a cabo. La no acción -u omisión- es una cuestión meramente voluntaria, puesto que el poder es inherente a la condición de varón, ante la ostentación de un falo desde el nacimiento.

Lo peor es que la sucesión de hechos aberrantes ya no nos sorprende. Nos duele, nos harta, nos indigna; pero no nos sorprende. Esto demuestra que no son aislados, ni consecuencia del comportamiento de las víctimas o sus progenitores; sino que son resultado de una sociedad que, aunque avanzada en tecnología, es absurdamente medieval en los vínculos y jerarquías.

¿Cuál es la solución? hacernos cargo de la responsabilidad que cada uno, una y une tiene en la sociedad. Revisar conductas, educar a todas las generaciones, distribuir las tareas de cuidado y domésticas, ejecutar políticas públicas con perspectiva de género, disminuir las brechas de género sociales, económicas, laboras y tecnológicas, dialogar con -y entre- las masculinidades, deconstruir el sistema de justicia, sancionar a quienes no cumplen con su deber, amar fuerte y luchar con ternura, hacer la revolución, reconstruir esta sociedad rota… o leer el “País de las Mujeres” de Gioconda Belli, sacar un par de ideas y hacerles parir todo lo que nos hicieron durante siglos.

Los Feminismos y Transfeminismos

Lo que algunes ven como una ventaja, otres lo ven como una condena. Me refiero a la diversidad del movimiento (o los movimientos). Sostengo fervientemente que la diversidad de formas y actuares de los feminismos y transfeminismos es lo que lo hace rico y poderoso al movimiento. Se necesitan radicales, se necesitan compasivas, se necesitan partidarias, eclesiásticas, contradictorias, se necesitan populares y dialoguistas, constructoras y destructoras. Nos necesitamos todas y todes -¿y todos?-.

Quien quiera que este movimiento sea algo uniforme y sin disputa, es porque no considera que las mujeres y diversidades tengan la capacidad política para transformar la vida, nuestras vidas, sus vidas. No nos ven como seres políticas porque -digamos todo- hace considerablemente poco somos visibles en el espacio público, en la arena política, en las calles, permitiéndonos ser poderosas y desafiantes.

Lo que no comprenden estas personas es que aprendimos de política en un ensordecedor silencio, detrás de la mirilla de las puertas, escuchando a través de las paredes y fingiendo ser señoras bien mientras observábamos de reojo. Nuestras ancestras analizaron cada paso, cada rosca, cada movimiento de wisky y bigotes, cada deslealtad peneana para aprender que de aspiraciones individuales nadie vive, que tarde o temprano las revoluciones surgen de los lugares menos pensados y que los derechos no se piden “por favor” ni se dan las gracias. Se logran a conchazos y organizadas.

Lo único que me preocupa de este extenso movimiento colectivo, plural y entretejido es que a veces caemos en las trampas patriarcales construidas para dividirnos, para enfrentarnos y destruir los lazos creados sobre las diferencias. Así, desviamos la mirada, vemos enemigas y expulsamos a muchas, a otras, a nosotras; en vez de entender que el enemigo… el enemigo es otro. Atentas, ninguna sobra en esta lucha.

Los Medios de Odio y Comunicación

Capítulo aparte merecen los medios tradicionales -y no tanto- de comunicación. Retrovisores de una sociedad conservadora que avanza, cargados de odio ante mujeres y diversidades libres, dispuestos a llevarse puesto todo, cualquiera sea el costo que, sabemos, serán pagados con -y sobre- nuestros cuerpos.

Juzgaron los movimientos por el caminar de una víctima, a su madre, al lugar donde pertenecen, a la hora en la que caminaban, a su existencia misma. Detallaron cada aberración con una libidinosidad escandalosa. Se les notaba la desesperación por los años que tuvieron que contener sus misoginia, cuando debieron aggiornarse ante los vientos progresistas, allá lejos cuando apoyar al feminismo era políticamente correcto, daba votos y quedaba bien en la pantalla. Sus pupilas ensanchadas ante cada dato amarillista, cuanto más putrefacto mejor, porque en los tiempos que corren ser un hijo de la mierda está de moda. Que años aquellos en los que ser facho daba vergüenza, ¿no?

Nos culpan de no traer niñeces al mundo, de no procrear, no poblar. Gritan indignados por la baja de natalidad: ¿quién nos va a cuidar? ¿cómo se va a sostener el sistema jubilatorio? ¿quién va a trabajar? (¿cuál? ¿el que están destruyendo?) ¿cómo las mujeres se van a llevar puesto el futuro de la humanidad? ¿quiénes se creen que son? ¿dueñas y señoras de sus cuerpos? ¿de sus vidas? ¡ALGUIEN PUEDE PENSAR EN SUS TESTÍCULOS Y GANAS DE TRAER BEBÉS AL MUNDO QUE DESPUÉS NO VAN A CUIDAR!

Dato no menor es que bajo la tasa de natalidad por la ESI. Gracias a ella las y los adolescentes gozan, se cuidan y deciden ¿todos y todas? NO, porque hoy la ESI es un privilegio. Pero muchas y muchos sí. Y nos alegra. Y no, lamento pincharles el globo, pero no es porque andamos abortando niños por ahí; cosa que sí hacen los progenitores varones cuando no pasan la cuota alimentaria y se desentienden de su paternidad.

Pero de todas las cosas que escuché y leí, la que más me llamó la atención fueron todos los lemas feministas que se sabía un periodista varón cis, blanco, heterosexual, con patrimonio (sin el don de lo estético hegemónico). Este señor, hijo de otro periodista ya fallecido, expuso con vehemencia que él no estaba seguro de que las feministas estuvieran preocupadas por saber LA VERDAD acerca de lo que le pasó a Agostina -de Dulce no habló porque era muy marrón para su show y de una provincia que no tiene mucha relevancia electoral-. Él considera que su duda es absolutamente legítima y la vigencia del movimiento feminista/transfeminista depende de que le demos certezas.

Para justificar su incertidumbre enumeró las consignas que intentan sintetizar las exigencias que le hacemos al Estado y a la sociedad. Pero lo que a mí me interesó de ese discurso, proveniente de este ser con poca capacidad analítica y ética, es que no se percató de que si él pudo expresar cada una de esas consignas es porque nosotras impusimos la agenda del prime time. Y eso, eso señores, es PODER. Ya no pueden negar nuestra existencia ni nuestra lucha, solo derraman lágrimas de INCEL arrinconado por la marea feminista.

Los Varones

Por último, pero no menos importante, un breve análisis de la aparición de varones pisando huevos ante la realidad que vivimos las mujeres y diversidades.

El hartazgo de las situaciones de violencia que vivimos diariamente, por enterarnos día por medio que mataron a otra mujer, a otra lesbiana, a otra trans. La impotencia de saber que esta lucha nos trasciende, porque no será tu generación ni la mía, la que erradique estos actos de odio, de abuso y poder sobre nuestros cuerpos; pero la seguridad que cada paso que damos será semilla para quienes sí logren esa realidad. La tristeza y desolación de saber que no llegamos a cuidarnos tanto como quisiéramos, ni a protegernos tanto como necesitamos, ni a enojarnos tanto como para derrocarlos. Todo eso y más, acompaña la incomodidad de verlos, varones, hablando sobre lo que nos pasa a nosotras en manos de ustedes.

Yo acá hago un parate y te digo a vos, hermana te entiendo. Ya sé, la rabia te invade cuando los escuchas decir “no sabemos bien qué hacer con esto; pero sabemos que algo tenemos que hacer”. Y vos revoléas los ojos, contraes los dedos de las manos y pensas “no voy a maternar ni enseñarle nada a este pelotudo”. Y te entiendo, te juro.

Sin embargo, creo que es momento de que ellos empiecen a hablar, que se expresen como pueda, que hagan, que resuelva, que les duela la panza escuchar cómo nos descuartizan, que se animen a decirle “che, no da” a algún amigo, que dejen de seguir a ese conocido que escracharon por violento. ¿Nos gustaría que lo hicieran sin hacer alarde de “empezar a ser personas con dos dedos de frente”?  si claro; pero nosotras no llegamos a los otros varones que no les mueve nada saber que nos abusan, matan y descartan, -los famosos “algo hizo”-.

Ellos sí. Ellos son más vistos en streaming que nosotras, son más escuchados que nosotras y hablan idioma varón: teta, culo y futbol. Lloran con la muerte de Maradona separando sin mucho problema “la obra del artista” o, mejor dicho, el artista de sus antecedentes vinculares. Se emocionan porque Messi logró ganar un mundial y lloran cuando la viejita se les muere. Y sí. También tiemblan cuando se enteran de que el ser que crece en la panza va a ser una nena, porque saben lo que hacen los varones con las nenas/mujeres. Y ¿sabes qué?, es necesario que ellos que hablan el mismo idioma, pero que tienen un gramo de humanidad más desarrollado, interpelen a esos otros que nos consideran una amenaza.

Por eso varones, no los vamos a aplaudir, pero sí les dare una palmadita en la espalda. Es importante que se involucren, que hablen entre ustedes, se cuestionen alguito de lo que pasa en la sociedad, de la construcción de las diferencias, de la inequidad. Y si tienen que preguntar, pregunten -alguna les va a responder-. Y si tienen que estudiar, estudien.

Y sí, va a doler. Porque entender esta realidad es tan crudo como el despertar de la consciencia social: te duele, pero seguis militando para transformarla, aunque no vayas a ver el resultado o lo creas casi imposible.

Les tiro un facto: NO TODOS LOS VARONES, PERO SIEMPRE UN VARÓN.

Nota al pie: no desarrollaré la faltante de políticas públicas nacionales, ni de los dichos del ministerio de seguridad, ni de la falta de timing, humanidad y perspectiva de género del fiscal. Tampoco sobre las pocas provincias que sostienen las políticas públicas a costa del trabajo de compañeras/es feministas y transfeministas que le ponen el cuerpo a las faltas y los obstáculos de la política machista. Ese análisis lo hacemos a diario, cada una desde su visión e ideología.

Mi mirada no es para nada optimista. Por más política pública que exista, aún la ideal perfecta, suprema y con presupuesto, no alcanzaría si la transformación no cala en la sociedad. Construir el compromiso social es parte de la lucha, aliarse con otres que te incomodan, involucrarles, accionar colectivamente; traer a este lado de la mecha a las masculinidades para que no sean captados por la ultraderecha conservadora facista; fortalecer las redes, desmasculinizar las prácticas políticas, abrazar las diferencias, contener, fortalecer, sostener a las compañeras feministas y transfeministas que le ponen el cuerpo adentro de las instituciones, luchar, no bajar los brazos, no pedir permiso, exigir, repensar, reevaluar las estrategias, no expulsar.

No habrá mundo vivible si no abrimos los brazos y la cabeza. No habrá justicia si no creemos que ésta existe, si no somos parte de esas estructuras. No habrá calma para este dolor si seguimos usando la misma medicina. Y si todo eso no está o es imposible, seguiremos luchando para que exista.

Depende de todas, todos y todes hacer de este mundo un lugar más vivible para quienes somos presas de este sistema patriarcal.

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