Yo solo me tire a mirar el techo de mi casa
Por Amaranta Flores
Es la una de la mañana y me tiré a mirar el techo de casa. No me doy cuenta de que mis ojos se están cerrando solos. Tengo sueño, estoy cansada. Mis párpados, en efecto imán, se pegan, y aunque quiero mantenerlos separados, es inútil.
Cerré finalmente los ojos. No estoy dormida. Solo tengo cerrados mis ojos. Quiero decir tantas veces como pueda en esta página, y detenerme en eso si es necesario: yo no me dormí, solo cerré mis ojos. Y sí, estoy cansada.
No sé si por el cansancio mismo o por estar intentando relajarme, por la concentración de mi cuerpo en ese momento —el techo, mis ojos, los párpados, mi sillón, yo; todo— floté. Floté de mi sillón. Yo solo me tiré a mirar el techo de mi casa. No estaba dormida, no lo estaba, y floté.
Yo solo me tiré a mirar el techo de mi casa y floté. Lo repito. Me lo repito. Necesito decirme a mí misma que está bien, que fue real, que a cualquiera puede pasarle. ¿A cualquiera puede pasarle? Yo creo que sí. Espero.
Floté y luego caí sobre mi sillón. Por eso sé que floté esa noche. Por eso sé que estaba despierta. Floté y caí. Me hundí en mi sillón. Pero fue una caída repentina y tan ligera que no tuve tiempo de gritar o asustarme.
Solo quise abrir los ojos, y tampoco pude. Quise mover mis brazos y no pude. Quise mover mi cabeza y no pude. Hice lo único que podía hacer: esperar.
Y sí, pude abrir los ojos. Pude mover mis brazos y también mi cabeza. Me senté en la orilla del sillón y contemplé todo el espacio, que no estaba como antes de tirarme a mirar el techo. ¿Dónde estaba mi desorden ordenado? Mi casa estaba impecable. Nada se salía de su lugar.
Me paré y caminé por el pasillo de la cocina, directo a la puerta del patio, a mirar por la ventana. Era un escenario que conozco, pero algo en el aire cambió. No sé si algo me atravesó o fui yo quien lo hizo. Una suerte de velo sutil que crucé y, estando en el mismo lugar, ya no había conexión con la realidad que acostumbro a habitar.
Y no solo no estaba mi desorden ordenado: tampoco estaba mi patio mugroso. Todo estaba ordenado e impecable. En el medio había una mesa que era de mi papá. La había hecho él mismo. Era rústica, de madera, un mesón con caballetes y banquetas. En el centro del patio, esa mesa y sus banquetas. Tenía un mantel bien estirado. Se veía bien, familiar. Como si estuviera esperando platos, cubiertos, ensaladas, vasos. Pero nadie iba a salir a preparar esa mesa.
Cerré la cortina y volví a mi sillón. Otra vez: ¿dónde está mi desorden ordenado? Todo es tan extraño acá. Tan absurdo. Sigo en mi casa. Esta es mi casa. Y todo lo que hay dentro lo conozco. Desde la mesa de pino del comedor hasta un aro que tiré en una caja de madera que decoré con decoupage. Tiene búhos. Esa caja la hizo mi papá. En algún momento me aburrió su color roble, rectangular e insípido. Ahí tiré un aro sin par que ya no iba a usar, pero no quise tirarlo a la basura. Todo lo que hay dentro de esta casa lo conozco.
La puerta estaba entreabierta. Alguien jugaba con mi perro afuera. No lo llamaba por su nombre, Ragnar. Lo llamaba Henry. Es un dogo argentino. Esta persona agitaba algo con luz en la mano y mi perro lo seguía con la mirada. Lo llevó hasta el fondo del patio.
Fui hasta la puerta. Quería decirle que no se llamaba Henry, que era Ragnar. Y además, ¿qué tenía en la mano? ¿Y por qué no me ayudó cuando quise moverme? ¿Acaso no escuchó? Antes de decidir quedarme quieta, tuve que descubrir que no podía moverme, ni gritar, ni levantarme. ¿No me escuchó?
Abrí la puerta, enojada, y vi que iba hacia el fondo del patio. Allí había una oscuridad oscura, un rincón donde no llegaba ni un claro de luna. Era negra. Fui detrás. No sentí miedo. Pero de allí salió mi abuela materna y me dijo que hacía frío, que entrara a la casa, que ya era tarde. No me dejó cruzar ese rincón oscuro y negro, sin estrellas ni luna. Me llevó hasta la puerta y me sostuvo fuerte de los hombros. No me dejaba avanzar.
Me dijo: “Lo que obra en su casa no es de Dios”.
Mis pies se despegaron del suelo y agité mis hombros para que me dejara entrar. Sentí miedo. Después de eso, mi abuela se esfumó. No sé dónde fue. Entré a mi casa con la sensación de hacerlo levitando a escasos centímetros del suelo y volví a mi sillón a recostarme.
Ahí lo supe. Todo era extraño porque mi cuerpo no había despertado conmigo. Al menos, no en un mismo plano. Aunque sintiera todo, sobre todo y en especial, el terror en mi cuerpo. Porque no era miedo: era terror. Desesperación. Yo estaba despierta.
Volví a recostarme en mi sillón y miré el techo. Cerré los ojos y esperé que, al abrirlos, todo estuviera en su lugar. De regreso, encontré —y con alegría observé— mi desorden ordenado y mi patio mugroso.
Pero ¿qué había pasado? ¿Dónde había estado yo?
Yo solo me tiré a mirar el techo de mi casa.
*Fotografía de Gaby Herbstein